martes, 28 de junio de 2011

LIBERATE, ¿Como Puedes Destruir Algo Que No Existe?



 Y con esta pregunta me refiero a todos tus miedos, tus fracasos, tus
 debilidades, tus vicios, tus enfermedades, tus pecados…y a quien
 piensas tú que es el culpable de todo esto: tu ego.
 
 Esto es igualmente válido si piensas que el responsable del
 sufrimiento eres tú o es el diablo. No tiene importancia. Lo
 verdaderamente importante es acceder a la luz, a la verdad.
 
 Demasiado tiempo y energías hemos desperdiciado luchando contra lo
 que no entendemos. Luchamos contra una enfermedad y destruimos el
 cuerpo. Luchamos contra la oposición política, sólo para darnos
 cuenta (a menudo después de la destrucción) que querían exactamente
 lo mismo que nosotros, pero que cometieron el error atroz de llamarlo
 por otro nombre.
 
 Luchamos contra los enemigos de la patria. Tenemos miedo de que otros
 nos dejen sin los recursos y la libertad necesarios para vivir, y en
 el proceso de la lucha destruimos los recursos que son necesarios para
 ambos.
 
 Hemos pasado la vida atacando sombras que se desvanecen. Sudamos, nos
 agotamos, nos desgatamos, y a menudo, sufrimos tratando de asestar
 golpes a lo que no está ahí.
 
 …y hemos hecho lo mismo en nuestro camino espiritual con aquello a
 lo que llamamos “ego”.



 
 Porque no lo entendemos. O al menos, yo no lo entiendo. Por supuesto,
 hemos aprendido un montón de definiciones acerca de lo que es o no es
 el ego. Acerca de lo que hace o no hace. Acerca de lo que dice o no
 dice. Y en el proceso de nuestro excesivo pensar nos enredamos con la
 ilusión de entender qué es lo que nos está pasando cuando sufrimos
 en la vida.
 
 A menudo cuando abrazamos el camino espiritual nos ponemos más
 trabas en la vida…y les ponemos más trabas también a los demás.
 Ahora tenemos más cosas por destruir, más cosas por desintegrar,
 más enemigos qué atacar. Y todo esto que percibimos en el interior
 es a menudo proyectado al exterior. Entonces elegimos ver en los
 demás la maldad que no hemos aprendido a ver en nuestro interior.
 
 Y no es la noble intención de la espiritualidad lo que se debe
 abandonar. Lo que se debe abandonar es el proceder torpe que termina
 intensificando el dolor y el daño que la espiritualidad debería
 destruir.
 
 El Buda dijo alguna vez que odiar a alguien es como sostener un
 carbón encendido en la mano deseando que la otra persona se queme.
 
 Permíteme utilizar el mismo símil, pero imaginando que el carbón
 encendido es nuestro ego: es decir, el creador de nuestra desdicha, y
 la causa de que nos dañemos a nosotros mismos, y dañemos a los
 demás. Si sostenemos un carbón encendido en nuestra mano nos
 quemará.
 
 No importa lo mucho que neguemos que nos duele. No importa que
 repitamos afirmaciones tratando de cambiar nuestra percepción. No
 importa que ampliemos nuestro umbral del dolor: seguirá doliendo.
 Nuestra única oportunidad de dejar de sufrir consiste en soltar ése
 carbón.
 
 A menudo nos entusiasmamos ante la idea de transformar nuestra vida y
 aprendemos numerosas técnicas que nos ayudan a vivirla de un modo
 mucho más agradable. Pero sabemos que en algunas circunstancias todos
 esos sistemas se vienen abajo. De pronto, estamos atrapados en una
 preocupación o una ira tremendas, y no importa cuántas veces le
 apliquemos nuestras técnicas a esas emociones, sabemos que no las
 cambiaremos en lo más mínimo, no las alteraremos en su sustancia;
 porque están hechas así, no tienen existencia real. Y seguiremos
 sufriendo.
 
 ¿Porqué? Porque no soltamos el carbón.
 
 No importa cómo pienses de la quemadura, ni cuando tengas planeado
 deshacerte de lo que te daña. Mientras sigas sosteniendo lo que te
 quema, el dolor seguirá existiendo.
 
 De modo que, nuestra única esperanza para dejar de sufrir consiste
 en soltar lo que nos hace sufrir.
 
 No importa el lado, la proximidad o la lejanía, la suavidad o la
 fuerza, la forma sutil o burda, la inteligencia o la torpeza, con la
 que toquemos las brasas ardientes: si las tocamos, nos quemarán.
 
 Suéltalo. Sólo renuncia a él. No lo arregles. No lo cambies. No lo
 niegues. No enmiendes sus entuertos. No le asignes nuevas
 interpretaciones. No te fortalezcas contra él. No le pongas nuevas
 etiquetas. No te vuelvas un experto. Sólo suéltalo.
 
 Acepta un nuevo concepto para el hombre o la mujer inteligente:
 aquél o aquélla que no sufren. Aquél o aquélla que no se dañan.
 Aquél o aquélla que no lastiman a otros, porque se ven en los
 demás.
 
 Ahora lo difícil: nuestros enemigos no existen. Nuestros problemas
 económicos tampoco. No existen las cosas que nos causan sufrimiento.
 
 Un poco más allá: propiamente dicho, nuestros pecados, nuestra
 ignorancia y nuestro dolor no existen tampoco. Salvo que nos
 mantengamos en un estado de oscuridad, alejados de la luz, lanzando
 golpes al vacío.
 
 Una vez más: Abraza al Espíritu. Y si quieres dejar de lado el
 sufrimiento ¿porqué insistes en volverte a mirarlo con el pretexto
 de golpearlo y terminar con él? Déjalo atrás. Vete. Sé libre.
 Vive.

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